Contratación pública artística: ¿única?

La ciudad de León acogió ayer, en fecha tan señalada para sus habitantes por ser san Froilán, la primera jornada del I Congreso Nacional de Contratación Cultural. Este encuentro entre las profesionales de la Administración Pública y las del sector cultural pone encima de la mesa algunos puntos de fricción. Pero, sobre todo, la cita quiere ser, a través del (re)conocimiento mutuo, un acercamiento entre los diversos roles que cada cual asume en el tablero de la contratación pública artística, con un objeto tan especial y tan único como una morcilla.

No podemos apuntar todos los asuntos que, con tanto hado, se trataron en el día de ayer. De hecho, esta entrada no pretende relatar lo ocurrido como si de un cuaderno de bitácora se tratase. A tal fin más vale acudir a las citas que se den en lo sucesivo. Nos limitaremos a tambalear algunos cimientos sobre los que, muchas veces de forma acrítica, se sustenta la performance del conjunto de actores y actrices de la contratación cultural.

I. SOY SAGRADA, NO ME ABAJES AL BARRO

Una primera idea sobre la que se articula la materia es que cuando se contrata una prestación cultural, se está contratando un objeto espiritual, fino, distinto y elevado por sobre todo lo demás. Se cree por aplastante mayoría que, cuando se trata de arte, nos movemos en terreno sagrado y debe uno descalzarse al disponer el camerino con las más extravagantes ofrendas. So amenaza de quedarnos sin esta ambrosía, se sostiene la necesidad de un mimo especialísimo cuando contratemos con las musas, que no entienden de avales por ser materia tosca y bruta que mata toda inspiración. «No somos lo mismo que un fontanero», dirían.

Una segunda idea nace fundada en la anterior: la burocracia a la que se ve sometido el sector cultural cuando contrata con la Administración no respeta la especial condición sagrada de su objeto. También esto lo oímos en barras de bar, lo que nos hace concluir que tales espacios son las principales sedes de la cultura. La burocracia se relata, pues, como la característica propia y perversa de lo público frente al trato privado, que es más campechano.

Con ambas se da por comenzado el regateo, técnica tan desconocida en procesos contractuales negociados sin publicidad, aunque la lleven en el nombre. No es un marco este en el que, desde Salvo mejor criterio, recomendemos encauzar la cuestión.

II. ERES MERCANCÍA, SOMÉTETE AL MERCADO

Es posible que la cultura, en determinados contextos, tenga algo de sagrado. Pero no lo es cuando aflora vinculada a una o varias cuentas de resultados. En tales casos, en los que median el mercado y sus lobbies, la cultura es una mercancía más, tan especial como lo sea una morcilla.

Y ya lo decía quien no debe ser mentado, cuya cita nos exime de mayor explicación sobre la materia:

Im Grau (1919). Kandinsky
Im Grau (1919). Kandinsky

«Como el dinero no deja traslucir qué es lo que se ha convertido en él, todo, mercancía o no mercancía, se convierte en dinero. Todo se vuelve venal y adquirible. La circulación se transforma en la gran retorta social a la que todo se arroja para que salga de allí convertido en cristal de dinero. No resisten a esta alquimia ni siquiera los huesos de los santos y ‘res sacrosanctae, extra commercium hominum’, mucho menos toscas. Así como en el dinero se ha extinguido toda diferencia cualitativa de las mercancías, él a su vez, en su condición de nivelador radical, extingue todas las diferencias». (El Capital, Tomo I, Cap. 3).

Devuelta la apariencia angélica de la cultura al barro al que pertenece en el mercado, parece forzoso concluir que ningún trato especialísimo merece solo por su objeto, que en esto nada se distingue de los demás. Cuando nos movemos en el marco ofrecido por el libre mercado, tan irrepetible y única es la puesta en escena de una obra de teatro como los servicios del concreto veterinario capaz, a diferencia de su colega, de amansar a las bestias que atiende en consulta. En ambos casos todo se convierte en una sustancia amorfa que abulta el bolsillo de unos y empequeñece la vida de otros.

Y es en este lienzo de formas indistintas en el que la burocracia nace como su producto. Por más que se repita hasta la saciedad que la burocracia es el adorno de la actividad pública, su salida a escena viene dada como gobernanza, precisamente, de esa sustancia gris y viscosa que todo lo subsume. David Graeber trata esta cuestión en “La utopía de las normas” y “Trabajos de mierda”, obras a las que nos remitimos. Para una lectura más doliente y hermosa, Sara Mesa lo narra en “Silencio administrativo: la pobreza en el laberinto de la burocracia”.

Salvo mejor criterio.